No hay lugar como el hogar

Mientras disfruto de la hamaca durante las últimas horas de lo que en la práctica han sido mis vacaciones más largas en años, no puedo evitar pensar sobre esa necesidad incesante que desde hace muchos años tengo de la idea de hogar. No casa, a veces ni siquiera familia (por lo menos no en el sentido consanguíneo) sino de esa construcción a veces absurda de lazos con personas y lugares que lo hacen sentir a uno finalmente perteneciente a algo. Para mí, esa es una añoranza vieja, la de encontrar un lugar en el mundo, pero en el mundo doméstico ese de las charlas profundas en la sala, las chanzas intrascendentes, las risas compartidas, el de las comidas y la discusión por la lavada de la loza.

A veces, en ese afán moderno, en medio de la tecnología, los computadores, el correo, los afanes del trabajo, el transporte, hasta el activismo mismo que me caracteriza, esa necesidad de creer que se ayuda en algo a cambiar el mundo que me hace meterme en empresas locas como RedPaTodos o IndignateCo, pierdo de vista estas pequeñas cosas que parecen intrascendentes y al final son las  más importantes como el hogar o la familia.

Acá, en la finca me siento como en mi hogar, en Bogotá con mi gata me sé en mi hogar. En el fondo, en los dos sitios logro encontrar ese sentimiento de calma interior, no el letargo, algo más tenue que parece facilitar las reflexiones y aclarar los propósitos.

Acá, en la hamaca, viendo los guaduales, escuchando a Fredy que me alega que escriba un cuento sobre Yala y Yalo un par de niños que nunca fueron, me siento en calma. En Bogotá, con Bastet durmiendo a mi lado me siento en calma también.

Los más cercanos saben que estas venidas a la finca dejarán de ser visitas y mis estadías en Bogotá empezarán a ser eso, viajes de trabajo, ocio o placer y con suerte una mezcla de los tres. Venirme a #VivirEnLaFinca es un proceso que ya está entre los planes concretos de año y del que espero escribir a medida que se vaya dando. El cambio de escenario será duro, de eso no hay duda.

Cuando mi gata esté acá, en la finca, probablemente, no esté tan tranquila – Lara tendrá que empezar a vivir bajo el principio de “los gatos son amigos, no comida” – pero espero mantener la sensación de hogar que me embarga en este momento.

Me alegra estar en este plácido lugar, rodeada de gente por la que siento un afecto real y tangible y en cuya compañía me siento acogida y feliz. Desde ahora los extraño.

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